Lucidez

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El arrojo a la vida es, ciertamente, confuso. Más confuso aún es la búsqueda de profundidad más allá de lo efímero y sensual del instante. Si el romance es un parche existencial, el sexo masturbación mutua, las amistades pequeños dioses postizos, los enteógenos breves vistazos a la muerte insondeable, los parentescos familiares una arbitrariedad biológica, la razón una ramera capaz de justificar lo que sea y la emotividad un niñato maleducado pidiendo a gritos un pellizco. Si todos los elementos, que hallamos en la totalidad del mundo 3D son efímeras manifestaciones de una creación desde la nada, entonces solo la nada y su infinito vacío son las fuentes únicas de profundidad.

En otras palabras: más allá de la pulsión tanática, de la muerte misma, no existe profundidad de ningún tipo. Lo que recordaremos siempre hasta el último de nuestros días serán esos pequeños encuentros con la anulación  de nuestro ser: la subsunción de nuestra conciencia en una experiencia estética exquisita, la demencialidad dionisiaca de un orgasmo, el éxtasis religioso (ese en el que el sujeto siente que el más allá se lo lleva, benévolamente, antes de tiempo, sin tener que esperar el ansiado juicio final). Incluso el contacto con el otro querido del cual su compañia nos es grata constituye un olvido del yo, un arrojo, una distracción, un mero descanso de lo que constituye la angustia existencial del dia a dia.

La conciencia del arrojo a la vida, del constante entrelazamiento con la muerte y la supremacía del vacío nos ayudan a desalienarnos y huir de las garras de las falsas dicotomías diarias. De los fenómenos que vienen, van, regresan y nos atormentan. Habrán momentos de máximo goce, de máximo olvido de la vida misma, y en esos momentos es que debemos estar agradecidos con la matriz infinita que subyace a todo lo demás, pero que es en sí misma la más brutal materia negra, destructora de todo, creadora de todo, ausente de absolutamente nada.

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Dioses de neón y noches de euforia

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Nosotros los nacidos durante los 80s y 90s, según se dice, crecimos bajo una paradigma de estimulación esencialmente visual. La imagen era y lo sigue siendo todo, “el videoclip asesinó a la estrella de radio” reza el pegajoso tema de The Buggles. Naturalmente esto llevó a la alerta de los expertos, quienes bajo una retórica apocalíptica anunciaron la llegada de una mentalidad fragmentaria e incapaz de generar pensamientos profundos ni a largo plazo. La fotografía, el videoclip, el anime y las pelis de Tarantino podrían ser considerados los cuatro jinetes del apocalipsis: aquellos prestos a extirpar al mundo y al entendimiento de toda su substancia, de reducir las conexiones neuronales a su mínima expresión, de volvernos unas criaturas pavlovianas fáciles de condicionar. Sin embargo, en más de un aspecto, dichas profecías bíblicas pareciesen no solo no haberse cumplido, sino desplegarse como exactamente lo opuesto de lo que predicaban en primer lugar. Sí es cierto que en gran medida nos asemejamos a un montón de monitos sobreestimulados, hipersexualizados y con menos capacidad de concentración que un mosquito.

Pero, ¿no podría ser el sobre estímulo simplemente una mayor capacidad energética? ¿La hipersexualización un retorno a la sacralidad dionisiaca? En cuanto a la falta de concentración (y esa oscura estigmatización que resultó ser la bendita epidemia del déficit de atención e hiperactividad), en la mayoría de casos se trata de un “estar en todos lados y en ningún lugar a la vez”, un rollo que tranquilamente puede otorgarnos cierta reminiscencia de los estados alterados de conciencia adquiridos mediante la meditación. La sobre estimulación nos ha terminado de volver inmunes a ella. Todos somos citadinos con cerebros de ardillas en cocaína. Superamos la velocidad de la luz, viajamos por el tiempo, las imágenes pasan a ser substancia (¿por qué esa arbitrariedad bajo la cual sólo en la palabra escrita se encuentra la substancia?). Nuestra substancia, nuestra droga existencial es distinta a la de nuestros padres: ahora es imagen pura. Es más colorida, de una abstracción menos gratuita: generamos dioses de neón casi a diario, tenemos tantos dioses como músicos, publicistas, diseñadores gráficos, cineastas, arquitectos y perdón si olvidé alguna categoría artística contemporánea crucial, vamos que entienden de los que les estoy hablando. Generar dioses es un  acto creativo, que requiere cierto potencial: cualquiera que sea esta capacidad potencial se ha visto exponenciada. Somos una parodia de aquel mundo repleto de crueldad que se dibuja en una mirada a nuestro pasado humano.

Las parodias televisivas, los memes idiotas, el humor ácido y las noches de éxtasis en las discos nos permiten aligerar el peso kármico que hemos heredado. Nos han lanzado un montón de mierda encima, pero la cultura de información masiva e imágenes aceleradas nos han brindado las herramientas  necesarias para drenarla, para cortar con una cadena milenaria que ha sido el yugo del ser humano. Esto ha ocurrido de manera espontánea, podríamos llamarle el curso natural de los acontecimientos. Lo que para generaciones ancianas es vanidad, estupidez, superficialidad, falta de “profundidad metafísica” (después de todas las putas guerras paridas durante el siglo XX por los herederos de la ilustración, habría que analizar si la metafísica de la que se sirvieron no estaba, de raíz, corrupta), para nosotros representa cierta redención. Si el total de la población mundial fumara hierba, bailara y viera South Park durante las noches tanto las guerras, el fanatismo como el consumismo se terminarían y nuestros terribles nudos internos acabarían por hacerse añicos. La desinflación de todo aquello que prometió ser mucho más de lo que realmente es nos traería un nuevo mundo fresco, relajado e inmune a falsos mesías. La espontánea sensibilidad e intuición infantiles se abrirían paso como los nuevos valores (bendita sea la era de Acuario y cualesquiera que hayan sido sus más elevados profetas, me suscribo a los beatniks).

Los infantes tenemos pase VIP  a las puertas del paraíso, pero el paraíso entendido como una separación de nuestro ciclo vital ha sido no menos que una enfermedad. La muerte de nuestras civilizaciones no es ningún misterio: ha surgido por el hecho de separar nuestras vidas de nuestras muertes, o esperar que la muerte como evento lejano nos redima de toda la miasma acumulable. Estamos muriendo, el vacío yace debajo de nos, y eso nos da espacio para seguir generando dioses salvajes y capaces de prometer solo aquello que son en ese preciso instante. El espacio en blanco del lienzo surge como la promesa de una gran obra. La purga de todos los elementos tortuosos que se han venido acumulando es nuestra prioridad, y no por una cuestión de genialidad sino de instinto.

El poderío humano se ha exponenciado a niveles titánicos, una tercera gran guerra terminaría con todos y cada uno de nosotros, o nos dejaría en una edad cavernaria y en un grotesco invierno nuclear. Nuestra entrega a lo aparentemente superfluo e infantil, como ya mencioné, es una desinflación metafísica. Esta desinflación no es casual en lo absoluto: surge del más profundo y visceral instinto de supervivencia. Es un “relax o muere” llevado al extremo, nuestra temprana exposición a imágenes de violencia masiva nos ha llevado a una conciencia superior acerca de todo aquello en lo cual podemos devenir. El romance no ha muerto, pero sí ha entrado en cierto reposo. Este reposo espera terminar una vez que las condiciones para su resurgimiento sean propicias. No asomaremos la cabeza hasta que el último gran tirano haya muerto de vejez, y en que su hijo disfrute la radical simpleza de una tarde comiendo papitas Lays y jugando a la Playstation con sus amigos.

Quizás entonces nuestra cercanía aumente, nuestras ansias de destrucción se vean domesticadas, y quizás en esa paz adquiramos la confianza para, con gran emprendimiento, darle una mayor vida a un politeísmo de neón, a mayores y más complejas noches de euforia, a una poesía más evidente en lo mundano y a unas frías cervezas en un atardecer veraniego.

 

Comienzo, nada, de nuevo comienzo

 

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Arrojados del refugio hacia un clima tan cambiante. Ni un hueso entre nuestros dientes, cuales perros santos y moribundos. Las ansias de vida nos abruman tanto que quedamos paralíticos y fofos, a veces parecemos gatos. Estar en un lugar a la vez, pensar en algo a la vez, ignorancia con respecto a la singularidad: nada se parece al lugar de donde sea que hayamos venido. El paisaje se torna en una espiral hecha de miel y cianuro. Nos queda la esperanza de alguna vez retornar, pero eso es ya imposible. Al parecer nunca lo abandonamos del todo. Nunca abandonamos nada del todo: ni nuestras más lúcidas virtudes, ni nuestros más remotos deseos, ni nuestras ansias de vivir hasta estrellarnos, todo parece acumularse hasta retornar algún día a dicha singularidad ahora replicada en la materia. Vivimos en el cuerpo de una entidad fascinada con replicarse a sí misma, con la bendita obsesión de replicar su gloria. Los dementes y obsesivos somos sus hijos más cercanos. Padre y madre nos dejarán, quizás algún día, sentarnos en su trono. Solo hace falta mirarles directamente y exigírselo.

¿Pero quién mira directamente a la vorágine de carnes, seres y espíritus dando vueltas en los confines del tiempo? Se requiere cierto valor. Las palomas colisionadas contra el vidrio de los aviones son la perfecta metáfora de lo que en algún momento nos convertimos. La colisión  debería provocarnos lujuria, no muerte. ¿De dónde carajo surge la vida entonces si no es de la colisión entre dos órganos? Aquellos con miedo a colisionar, a colisionar mentes, espíritus, salivas y tórax están armándose su propio infierno. La Diosa madre no bendecirá con vida a quien no desee emular vida. El amor no vendrá para el que no emule amor. Todas las posibilidades de universos orgásmicos e iluminadores están abiertas: ¿pero quién las toma? ¿Quién se atreve, con toda su esencia y vitalidad, a lanzarse al círculo de carnes y seres que giran incesantemente en el tiempo? ¿Quién se atreve a retornar a sí mismo, a la singularidad? ¿Quién de nosotros, perros excitados y en proceso de iluminación se atrevería a morder el hueso prohibido? Le morderíamos una, y otra, y otra, y otra vez hasta que el final no se distinga del comienzo, quizás entonces la singularidad de la existencia quedaría lo suficientemente seducida como para devorarnos, y quizás esta vez, solo esta vez, no vuelva a arrojarnos nunca más.

 

El agujero Bastian

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Bastian tenia solo 22 años cuando decidió entramarse en los confines del extremo norte. Tan solo una gruesa casaca y un tarrito con frutas secas le servian de viveres, el viento gélido lastimaba sus mejillas, pero extrañamente mantenia sus ojos muy abiertos. “El antiguo rito, se dijo a si mismo, “no hay tiempo que perder, la noche no durará para siempre, o al menos no este tipo de noche”-emitió una breve risotada. Aceleró el paso hasta llegar a una pequeña colina la cual, una vez llegado a lo mas alto, le otorgaba la vista de un paisaje particularmente bello. “Una estética embobante como cualquier otra”, se dijo y emitió una risa seca y corta, la cual fue interrumpida por un tosido. “Al embobarse uno, termina por babear nuestra alma como si fuera cualquier desperdicio de la naturaleza, qué terrible”. Comenzó por quitarse aquel grueso abrigo desabrochándose los botones. “No quiero terminar empapado en baba, ¿verdad?”. Prosiguió por retirarse lentamente aquellas botas que le habían sido obsequiadas durante su ultimo cumpleaños. Sus manos no tardaron en tornarse pálidas, y después de un rato, azules. “Pero en lo que está congelado no puede surgir baba, donde no hay baba, no hay impurezas, ninguna vida impura merece ser vivida”.  Prosiguió a retirarse la delgada camisa que llevaba debajo del abrigo: tampoco le convenía estar demasiado abrigado si lo que quería era acostumbrarse a tan intenso cambio el cual, en última instancia, iba a ser definitivo. “El hielo de nuestra santa madre nos hunde en lo más hondo y nos hace retornar al útero negro”.

A su peculiar proceso de desnudez contribuyeron sus piernas velludas, las cuales podían ya empezar a despedirse de aquel pantalón hecho a base de lana ovejuna. “Solo queda esperar: el retorno a la patria de origen exige paciencia agradable cuando nuestro espíritu realmente lo anhela”. A continuación, el joven Bastian prosiguió a retirarse el risible abrigo que representaba su trusa y se sentó abrazando sus rodillas. “Veo el fuego ascender: es opaco como el más profundo abismo, y maternal como el vientre de una virgen”. La sangre en su delgado cuerpo estaba dejando de circular, sus ojos marrones y vidriosos casi no podían ya mantenerse abiertos. “Oigo un latido muy debajo del mismísimo mar, mi corazón se detiene pero el vuestro apenas comienza a andar…miento, no…apenas he comenzado a oírlo”.  La vida de Bastian estaba ya a punto de expirar, las aves norteñas se vieron excitadas y volaron en direcciones disimiles. Una tormenta comenzó a surgir, pero daba igual: al joven Bastian ya no le quedaban mas pensamientos. “Realmente eso es lo que cree tan arrogante narrador, ¿no es así madre? Vos, que eres más antigua que el universo”.

Los exploradores que pasaron por el lugar del acontecimiento jamás lograron descifrar lo que había ocurrido. “Es tan arcano que la mera cercanía a ello aniquilaría tanto su existencia como la vuestra, oh tonto”. En su lugar encontraron un agujero no muy grande, pero sí extremadamente profundo, tanto que ningún equipo científico fue capaz nunca de medirlo. “Determinar aquello que estuvo antes de la determinación misma, vaya necedad”. Por otra parte se decía, por parte de quienes se acercaban a este, que producía una inconcebible sensación de tranquilidad. “La diosa madre hiperbórea os manda sus bendiciones”. Incluso, se decía que el solo acercamiento al “agujero Bastian” (así lo bautizaron) era capaz de curar cualquier enfermedad. “Y nada mas eso os basta para conformaros, ¿no es así?”. El lugar se convirtió en un sitio de culto para personas de todo el mundo. “Los regalos de aquello anterior al universo no se les pueden ser negados a nadie, ni siquiera a estas sabandijas”. Grandes campamentos perfectamente equipados fueron realizados al rededor del agujero Bastian. “Sin embargo…”, ninguno se atrevió jamás a dar un salto hacia su raíz. “Y tanto patética como volátil fue la gloria que obtuvieron”.

 

Manifiesto glitch

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Lo mundano puede llegar a ser asesino.

Cuando pienso en el escenario que cause más éxtasis me imagino siendo arrastrado por el viento como un fantasma, pero siendo capaz de ir a donde yo quiera: es decir, controlar el viento. Cambiar todos los días de paisaje, de lugar, de experiencia, poder absorber las sensaciones de las personas a mi al rededor, escuchar sus historias sin tener que involucrarme, ver el drama humano y cósmico como una película infinita que jamás termina de entretenerme. Creo que se debe a que vengo de una generación adicta al entretenimiento, desde chicos nos enseñan a ser completamente pasivos con respecto a lo que recibimos (sea educación o diversión) y recibimos estímulos a mil por hora.

Creo que eso provoca que nos sintamos vacíos por dentro, y que miremos con pesimismo cualquier elemento que pretenda, prometa o sugiera satisfacernos. No creo ser sólo yo. Creo que los que no encajamos en el sistema no es que no encajemos en una
sociedad o en un sistema político determinado, sino que no encajamos en el mismo concepto de humanidad. Es como si fuéramos humanos pero con apetito de semidioses o de criaturas que no somos. Viéndolo de forma optimista, hay quienes dicen que se trata meramente de una etapa de transición hacia una posthumanidad y que el apetito es el primer paso hacia algo más. Creo que hay una diferencia entre ser inadaptado y ser un prototipo.

Pienso que la base del conocimiento humano no es la razón ni la emoción, sino la apetencia, el hambre, la necesidad, el instinto. El primer hambre es físico: de niños buscamos el pecho de nuestra madre para alimentarnos. De ahí en adelante no paramos. El universo conocido pareciese ser un recipiente gigantesco de donde cuelgan muchos senos y nosotros buscamos succionar como sea. Succionamos arte, succionamos ciencia, succionamos guerras, succionamos emoción, succionamos competencias, succionamos afecto entre nuestros congéneres, succionamos ideas, pero jamás estamos satisfechos. Los orientales proponen para esto el entrar en un estado mental de negación del mundo transitorio que a la larga vendría a ser, en términos pragmáticos, algo parecido a la muerte.

La muerte para algunos constituye una liberación, una resolución de la paradoja entre lo que se exige y lo que se tiene. Las personas más apacibles en el mundo hablan de manera muy lenta, calmada, sus rostros son algo pálidos y sus gesticulaciones monótonas. Casi pareciese que estuvieran muertos, pero, en teoría, son los más, no digámosle felices pero sí “tranquilos”. No buscan gloria de ningún tipo, ni viven obsesionados con las experiencias estéticas perfectas como yo. ¿Que a qué me refiero
con experiencias estéticas? De manera muy vaga las podría describir como aquellos momentos en que se rompe la homogeneidad del tiempo y espacio y en que entramos en una plenitud que nos trasciende. Es como si tuviéramos tanto dentro que se escapara de nosotros, pero al mismo tiempo nos sentimos enormes.

¿Y la vía del intelecto puro, de la ciencia, dirán? Es lo peor: esterilidad absoluta, pretensión de acercarse a algo que se sabe jamás alcanzaremos pero hacia lo cual avanzamos con inventivas de la razón. Con la razón se puede justificar casi lo que
sea. Por cada estudio generado por los inquisidores dueños de la verdad hay otro estudio realizado por otros inquisidores que dice exactamente lo contrario. Tarde o temprano el cambio de paradigmas revelan a la ciencia como un algo impermanente e incapaz de acoger al ser humano en el útero cósmico del cual se siente expulsado.

La práctica espiritual libre o el ritual, por otro lado, promete otorgarnos algo que ni el arte ni la ciencia pueden: colocarnos a nosotros mismos como substancia en una inmensidad de posibilidades y devenires. No a nuestra razón, no a una emoción pasiva, sino a todo nuestro ser, incluso los terrenos de los cuales no tenemos certeza alguna sino una mera sospecha o fastidio. Es lo más cercano que estaremos a nuestro ser divinidad. En la práctica ritual, en especial cuando es diseñada por el individuo, nada queda obsoleto. Cada neurona, cada fibra de su cuerpo, cada poro, cada emoción, son partes integrales del proceso. En este proceso, el individuo junto a todos sus factores adheridos ya a él son integrados en un océano de posibilidades y contingencias. En la experiencia ritual se juega un poco con la demencia y se rompen los límites impuestos
por causas que se nos escapan.

Confundidos llegamos, extasiados volvemos.

El método Socrático y la muerte de la cultura

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A lo largo de su artículo publicado en Educational Leadership Goldman expresa una serie de ideas polémicas: entre ellas que el método socrático puede resultar peligroso en un contexto educativo contemporáneo y que las razones que llevaron a los jueces Atenienses a juzgar a Sócrates son comprensibles incluso en un contexto actual. Goldman nos señala en primer lugar que Sócrates proponía, a través de su método, cuestionar la veracidad de disciplinas de conocimiento tales como la aritmética, la astronomía, la geometría y la armonía como formas para conocer la esencia de las cosas en sí mismas más allá de la intervención sensorial.

El método socrático, por su lado, busca cuestionar la sabiduría convencional para trascenderla y así llegar a una verdadera comprensión de la materia en cuestión. El negar una hipótesis no significa necesariamente que su hipótesis contraria sea verdad. En tal sentido el método socrático puede guiarnos a la conclusión de que una idea no es verdadera, y en ese caso nos haría más sabios, pero se trata en todo caso de una sabiduría negativa que tiene como ventaja abrirnos a nuevas posibilidades. El autor indica además que en un estadio más avanzado, podemos incluso llegar a ver las limitaciones de la razón misma lo cual siempre lleva a un quiebre epistemológico. Sócrates de alguna manera busca trascender la mente y la razón, escuchando más a una voz interna y llegar así a un ser que vaya más allá de la mente.

En el artículo menciona que tanto para Platón como para Sócrates la mente es algo que ha preexistido a nuestro nacimiento. Sin embargo Sócrates está más enfocado en reorganizar el conocimiento ya adquirido, como si se tratara de un rompecabezas desorganizado. Para llegar a ello el método socrático de alguna manera mueve violentamente las bases, cuestiona al punto de la disolución las secuencias causales y busca patrones más lógicos. Este nuevo patrón, sin embargo, será más adelante cuestionado nuevamente. Lo que se busca de esta manera en la filosofía para Goldman es una “arquitectura ideal” que pueda abarcar todo el tiempo y la existencia. Así, propone que el método socrático en un sentido pragmático lleva siempre a un cuestionamiento mayor en el futuro de manera inexorable: lo que termina otorgando es paciencia y humildad más que una respuesta fundacional.

Aquí es donde el autor emite su argumento más contundente: el escepticismo inherente en el método Socrático puede correr el peligro de tornarse en nihilismo puesto que su excesiva apertura a nuevos horizontes destruiría estándares, así como desorientaría y alienaría a sus discípulos con respecto a la realidad inmediata mundana que les rodea. Goldman menciona cómo en los versículos 537 y 538 de la república, Platón advierte sobre la posible reacción rebelde de muchos jóvenes para con sus padres una vez introducidos en el método de la dialéctica, y cómo podrían llegar a disminuir tanto su respeto como su atención hacia éstos, así como confundirles en cuanto a lo que constituye verdadera esencia de la justicia.

Un grupo de dialécticos jóvenes mal preparados pueden llegar a cuestionar las bases fundacionales y moralesde una sociedad de forma viciosa e inmadura: aquí se explica el por qué Sócrates fue acusado de corromper a la juventud y de atacar los valores religiosos tradicionales, hecho que a mi parecer, si bien no hacía de forma deliberada, puede haber sido provocado como efecto secundario debido a la misma naturaleza de su método de conocimiento.

El inquirir, para Goldman, lleva a una sociedad a la transformación  inevitablemente, lo cual es naturalmente algo positivo y necesario para su supervivencia. Sin embargo, más adelante señala que también es necesaria una continuidad, una estabilidad que le permita estructurarse. Tanto el inquirir como la continuidad sólida son dos partes necesarias que deben estar orgánicamente unidas y en balance para el correcto funcionamiento de una sociedad. Sócrates, por otra parte, tenía una fijación fuerte con el inquirir de manera desmesurada que terminaba por ser intoxicante, y fue ello la causa de que terminara ante a un juzgado para más adelante pagar con su vida. Goldman piensa que el error de Sócrates fue ignorar a partir de un exceso metodológico la necesidad humana de una tradición, de una estabilidad y de un pasado. Para Freeman Butts, la idea es que la educación Socrática fallaba a la hora de generar una lealtad básica en sus discípulos hacia los valores necesarios para una sociedad democrática, pero hacía excesivo hincapié en el criticar.

Los jóvenes, indica Goldman, deben ser primeramente educados en bases y valores de nuestra cultura antes de ser insertados en el cuestionamiento de la misma. De no hacer esto, ponemos en riesgo la continuidad de nuestra sociedad. Si bien estos valores son relativos a nuestra cultura, también son esenciales y necesarios de ser enseñados para su continuidad. Sin embargo, no debemos sucumbir a la tentación de otorgarles una autoridad divina e inamovible. Inevitablemente estos valores van a cambiar, pero educar a la juventud en la crítica de manera directa podría llegar a ser muy peligroso para ésta e irresponsable por parte de los educadores. Esto no significa, sin embargo, que no debamos dar razones contundentes para el seguimiento de nuestros estándares, así como tener una apertura para la discusión y así evitar el adoctrinamiento.

Goldman señala que para una comprensión a cabalidad del conocimiento que se está adquiriendo, de manera sintética, los jóvenes necesitan experiencia: esta experiencia puede ser cuestionada más adelante, pero el nivel de experiencia requerido es de un nivel que por lo general los jóvenes no alcanzan hasta llegar a cierta edad. El método socrático, más que generar nuevos valores, disuelve los anteriores, y ello justifica el que haya sido visto como un peligro para las bases de la sociedad ateniense.

Por otra parte, admite que hay una inexorabilidad del método socrático en la medida en que en gran parte es simplemente pensar, algo que naturalmente no puede ser prohibido pero sí analizado. El pensar es un diálogo de la mente consigo misma, el método socrático exterioriza ese diálogo y a su vez no debe dejar de lado el que se está dialogando con gente del exterior, que se está internalizando un proceso social. El pensar, desde esta perspectiva, adquiere una dimensión social. Una educación enfocada en ideas antes que en habilidades técnicas debe ser cuidadosa de no caer en ideologizaciones ni en ser absorbida por las contingencias políticas coyunturales, así como no confiar demasiado en el pensar mismo.

Para que el método socrático sea utilizado por profesores de manera efectiva se requiere una gran apertura por parte de los estudiantes, así como una naturaleza lúdica y una capacidad para escuchar y comprender de manera global y sin prejuicios, lo cual es muy difícil de encontrar dentro de una sociedad y más aún en un salón con bastantes alumnos.
Sin embargo, el estimular el pensar puede coexistir con las preconcepciones de cada uno de los integrantes simplemente promoviendo un diálogo interno informal en el alumno de forma indirecta ante la presentación de un sistema de valores estable, lo cual paradójicamente estimularía el diálogo informal para con sus congéneres.

El objetivo del método socrático, de esta manera, podría darse en la vida cotidiana del sujeto de forma espontánea y si una escuela establece este método como el eje de su educación, la escuela misma perdería importancia, puesto que el objetivo ya es logrado fuera de ella. De esta manera una buena escuela para Goldman no es aquella cuyo eje es la tolerancia a nuevas ideas y cuestionamientos de forma no dogmática, sino aquella que posee individuos fuertes con ideas y métodos divergentes entre ellos y que estén en constante discusión: esto es lo que generaría en última instancia un pensamiento crítico.

Un ambiente de constante discusión a partir de creencias fuertes le muestra a los alumnos la importancia del pensamiento crítico más allá del clima del aula: el pensamiento crítico pasa a ser un componente de la vida cotidiana y posee una utilidad que le trasciende a sí mismo. Este ideal de heterogeneidad es difícil de alcanzar, puesto que la mayor parte de escuelas buscan una horizontalización homogénea del ambiente teniendo como eje valorativo la integración pacífica de las ideas.

Considero que, si bien el artículo fue publicado en 1984, todavía a nuestra fecha tiene mucha relevancia. El tema del cuestionamiento crítico se suele dejar muy de lado en la educación escolar, e incluso en muchos casos en las mismas universidades. La influencia del posmodernismo (el cual, a través del ánimo deconstructivo posee cierto elemento socrático) ha buscado la disolución de las estructuras como un fin en sí mismo, y a su vez una glorificación de la libertad negativa y la desacralización de los valores estructurales predominantes. La excesiva socratización de nuestros procesos mentales ha terminado, en muchas ocasiones, por homogeneizar los contenidos del diálogo en torno a un eje escéptico lo cual, de forma paradójica, termina por anular la vitalidad del diálogo mismo.

La falta de estructura externa termina por debilitar los cimientos argumentales, lo cual conduce a que los procesos dialógicos se tornen fofos, vagos o simplemente redundantes. Considero acertada la idea de Goldman con respecto a que anular la tradición es, de alguna manera, anular al individuo como sujeto activo dentro del mundo. Quizás este último punto puede ser relacionado con el hecho de que Sócrates vivía al margen de sus propias necesidades económicas, y en alguna ocasión fueron sus amigos quienes debían sustentarlo. Lo anteriormente mencionado suele caer en la calificación de biografismo (la valoración de una obra o idea en base a la vida del autor), sin embargo considero que ésta afecta directamente los procesos de ideas y por ende el resultado integral de la obra en cuestión.

Irónicamente, Goldman en su artículo nos presenta una visión escéptica con respecto al escepticismo mismo, lo cual visto como una operación de doble negación podría conducir al exacto opuesto: una resacralización y revalorización de nuestros propios valores tradicionales en aras de evadir nuestra alienación, mal que ha ido acrecentándose en los últimos años a partir de la globalización.
La disolución de las estructuras no es inmune a sí misma, el abandono de una nave lleva a la deriva pero inexorablemente a abordar otra. Soy de la opinión que el naufragio cultural habrá de adquirir cierta autoconciencia y ello servirá como cemento para la creación de un orden social más sólido.

Razón, pasión y demás traiciones

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Una razón y una pasión traidoras, leales al cambio incesante que no es otra cosa que una deslealtad a sí mismas. Razones y pasiones transformadas según las circunstancias: una analizando, la otra secuestrando. Onanismos del ser que ciegan al hombre del infinito. Manchas existenciales, esclavizantes de lo que bien podría ser la totalidad. Traiciones que sumergen a quien vasallo suyo se vuelve en una espiral que jamás termina, una espiral que les jala pero que con él nunca acaba. Razón y pasión fingen una sensación de completitud, pero el vórtice negro debajo de la existencia es más grande. Ante todo eso: la belleza a la que amamos por naturaleza nos salva. La misma belleza de un Miguel Ángel, la misma belleza de un Boticceli, se mantiene como un espíritu inerte a lo largo del tiempo: su esencia absoluta es la lealtad hacia lo imperturbable.

La belleza detiene el sin sentido, la belleza decapita a las circunstancias contingentes y traidoras. La belleza aniquila a la vana pasión humana, ésta ni siquiera comparable con el despliegue puro de la bestia. La belleza se contrapone al horror abismal, comparte el mismo poder inconmesurable que un agujero negro, pues pareciera ser hija de éste. La hija ha sabido enternecer al padre, el agujero de muerte pareciese sólo acallarse con su presencia, con sus cánticos ancestrales que convierte en oro las cenizas.

Más allá del bien y del mal se encuentra la impecabilidad, la belleza es el fin último, nuestras acciones fracasan en cuanto a trascendencia si no logran un diálogo con la muerte.

En la experiencia estética terminamos por hallar las piezas del rompecabezas de nuestra conciencia. La conciencia es el sistema de moneda eterno que jamás se devalúa. Ninguno de esos papelillos verdes con rostros de patriotas ha servido para hacer más monumentos loables en las últimas décadas. El próximo Coloso de Rodas pareciese estar a mil metros de profundidad océanica en estado de agonía, ya ni sabiendo si quiere vivir o ser aniquilado de una vez. Pero su derecho a la existencia permanece ahí, inamovible, potente y esperando el primer descuido en la guardia de la putrefacción cultural para plantarse de una vez por todas.

La venganza estética sobre la existencia

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El dia de hoy les dejo con un destacado post sacado de un blog amigo: http://caosdelespiritu.blogspot.com.ar
Su autor, Marcos Liguori. Espero lo disfruten.

El demonio puro.

En la obra de Philiph Mainländer, “Filosofia de la Redención”, vemos expuesto el concepto de demonio puro. ¿A que refiere? Tanto  al inconsciente humano  como a la voluntad de todo el cosmos. ¿Cuál es esta? La voluntad de morir. El no ser. El debilitamiento de toda fuerza, el exterminio.Todas las cosas tienden a morir. El inconsciente humano es ese deseo y el espíritu un medio para el mismo fin. Para Mainländer, el universo es la consecuencia de la angustia de Dios. Dios, en su suprema existencia, decidió darse muerte a sí mismo. Pero Dios no puede auto-destruirse a voluntad, pues su esencia, su omnipotencia, consiste en existir. Dios no puede alcanzar el no ser de un modo inmediato. Por tanto, la forma de destruirse es convirtiéndose en multiplicidad, es decir, en el universo. Así,  el universo adquiere movimiento hacia el no ser. Nacen los individuos y la única voluntad que los mueve es el anhelo de Dios, morir. La vida es solo una excusa para debilitar la fuerza divina. Es decir, nosotros somos el medio, nuestra existencia es el arma que agota la fuerza divina, teniendo como meta final la nada. Somos un simple objeto que Dios utiliza para matarse. Nuestro objetivo es debilitarnos y morir. Somos fruto de la angustia de Dios.

 

Aquel gran ser, Ofelia

Diosa suprema del universo,

En locura y abandono, -triste, loca y muerta-

Se ahogó en la nada, extasíada de dolor,

En medio de lirios estrellados.

 

 (Dios se extermina, separandose en lo múltiple. La teleología del cuerpo es la descomposición y la muerte)

Créase, piénsese, acéptese o rechácese esta teoría, la usemos a modo de metáfora. Esta nos sirve para comprender la naturaleza de la existencia. Puesto que es sabido que el hombre, como todos los animales, nace para morir. Somos el breve lapso entre dos nadas. Nuestro destino final es el exterminio absoluto de nuestra esencia. Viviremos y moriremos. Toda nuestra individualidad, nuestros deseos, nuestras alegrías, nuestras emociones, nuestros amores, nuestros dolores,  nuestras ambiciones, nuestros logros, nuestros fracasos, nuestras verdades y nuestras mentiras, serán devoradas por la nada. Todo es un medio para la muerte. La vida es el medio para que se dé la muerte. No hay muerte posible sin vida. Por tanto, necesitamos vivir para morirnos. Nuestro fin, como individuos, es morir.

¿No es esta situación lastimera? ¿Vergonzosa? ¿Una burla? ¿Un insulto del universo? Hemos sido bastardeados, humillados, derrotados. La realidad nos ha jugado una pésima pasada. Somos víctimas de la absurda lógica del universo. De los caprichos de un Dios suicida. Nos arrebatarán todo lo que vivimos, como si nunca hubiera existido. ¡Maldita nada!

                                            (¿Puede la nada vencer a la imaginación?)

(¿Puede la nada vencer a la imaginación?)

 

La venganza.

Debemos vengarnos, debemos sacar una victoria de la derrota. Debemos enseñarle a Dios que su muerte nos sirve a nosotros, y no nosotros a su muerte. La venganza es la verdadera redención.

 

 (El asesino de Dios lleva un rosario, cual trofeo)

(El asesino de Dios lleva un rosario, cual trofeo)

 

¿Como es esto posible? La venganza a la que aspiro, y a la que debemos aspirar, es una venganza estética.  Única espada capaz de dañar a Dios, a la nada. Mediante el auto-exterminio estético*, nos damos muerte quitándole al universo la posesión sobre nosotros. Es como si nos separáramos del paisaje, y nos atreviéramos a contemplarlo y apropiarnos de su belleza, a nuestros ojos.

Debemos robarle la belleza, cual Prometeo el fuego, a Dios. Las garras del águila, entonces, serán dulces. La emancipación del sujeto a través de la belleza, a través de la venganza estética, es el viaje que propongo.  ¿El fin? La libertad absoluta. ¿El medio? La belleza. ¿La verdad? La belleza. ¿La moral? La belleza. ¿El sentido de la existencia? La belleza.

El hombre bello, que aprecia lo bello, y que solo tiene un Dios, o Diosa, la belleza, en valentía absoluta anuncia: Todo esto tiene sentido, porque ha sido así para que yo pueda contemplarlo. Dios se crucificó, e impartió el mal por todo el mundo para que mis ojos observen lo bello de un templo. Dios se mató y me dio una paradójica existencia. La nada se lo llevará todo. Pero ¿qué me importa? Eligiría una y mil veces esta lógica absurda con tal de contemplar como todo desfila frente a mí. Y yo no formo parte de esa danza. Nadie me mueve. Yo estoy quieto, inmovil, victorioso.  Soy dueño de mí mismo. Sólo admiro lo bello, y no aspiro a nada más que ello, porque no hay nada más sublime a lo que aspirar. Yo vencí al sol y a la nada.

“¿Qué le importa la condena eterna a quien ha experimentado por un segundo lo infinito del goce?” (Baudelaire)

 

No hay consuelo

Para la razón.

Morirá y eternamente,

Nada será.

Dejemos de cultivarla,

¡Si dichosos ser queremos!

El mundo es de la emoción

Una sola ley

Al universo mueve:

La belleza.

La muerte del ser, y de su preciada consciencia

Es el precio a pagar, en justa alquimia

Por el privilegio de contemplar

Con pecho amoroso

La hermosura.

 

No hay camino del Ser

La nada se lo lleva todo

Incluso mis bellos y tristes anhelos

Serán devorados por el feroz águila del universo

¿Cómo puede tu rostro, tan hermoso

Aceptar esta cruda verdad?

Parece que ignora, ¡dichoso!

El poder de la inmensidad

Los ocasos son pinturas soñadas

Si el alma sabe que vivirá

La magia nocturna y su cálido viento

¡Pero el sol no me tragará!

Moriré dos veces si es preciso

No se puede matar lo que está muerto.

 

* Cuando hablo de auto-exterminio estético y de darse muerte, lo hago de una forma metafórica, no literal. Darse muerte sería dejar de ser movidos por la lógica del universo, y encontrar en la contemplación y creación de lo bello, un sentido que haga que nuestra futura muerte y no existencia, sea un precio justo a pagar por el privilegio de percibir la hermosura.

 

El paganismo eterno y el Edén como matrix original

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Matrix: Es una especie de programa muy complejo que simula la vida de las personas y a la que todas las “cosechas humanas” están conectadas.

El paganismo politeísta desde sus orígenes puede definirse de forma general como la lujuria por la vida, por el estar vivo, por la participación en el incesante devenir de las carnes y los seres en el mundo. Este paganismo engendraba un enfrentamiento al mundo de manera frontal, directa, con la generación de nuevos arquetipos divinos reflejo del genio creativo del hombre libre, su potencial para generar nuevas ideas que permitiesen ordenar la realidad de diversas maneras. Los ordenamientos de la realidad derivan en sistemas que se transmiten a partir de una cultura hereditaria, esto genera la existencia de una tradición que sirve a un colectivo de personas para identificarse. La tradición pagana devino en mitos relacionados no sólo a la creación, sino a los ciclos naturales que conforman nuestra realidad.

A partir de esos ciclos naturales y su relación con el hombre es que éste llega a conocer una parte de su ser individual que a su vez está conectada a un ciclo de fuerzas que le supera. El microcosmos que yace en la mente individual se relaciona con un mesocosmos (nivel intermedio entre lo micro y lo macro) a nivel comunitario y éste a su vez mira con fascinación al macrocosmos que está por encima de él, muy arriba en las estrellas. La capacidad de libre abstracción y asociación ha servido siempre como un ejercicio básico si se quiere llegar a otras potencias mentales. En tal contexto, la tradición pagana original se bifurca en varias ramas que van trayendo consigo nuevas ideas, tradiciones medicinales y cosmogónicas, ritos, tendencias estéticas: en resumidas cuentas una constante sucesión de ensayos en los que más que errores se presentan ante la luz lecciones de leyes neutrales en sí mismas pero con una carga valorativa específica para el individuo que las practica.

A su vez, como en el caso de la Roma pre-cristiana, la coexistencia entre diferentes ramas cosmogónicas era totalmente plausible. La interconexión genera un enfrentamiento sutil entre dos vertientes, enfrentamiento en el cual alguna adopta valores de la otra y viceversa, pero en la cual siempre habrá alguna que ganará algo más de terreno sea por el motivo que fuere para terminar convirtiéndose en una nueva tendencia (un ejemplo de ello es el proceso de sucesión que se dio entre los dioses en el antiguo Egipto). De alguna forma esto es un proceso de absorción o predación cultural que debería darse de manera espontánea a través del mero contacto entre dos puntos.

El culto abrahámico del antiguo testamento en este sentido significó un punto de quiebre. En el mito del génesis se presenta al Edén como un estado de completitud en el que la única virtud verdadera del hombre era la obediencia y su mayor pecado la búsqueda de su propio potencial como ser que conoce, que crea, que crece y que se equivoca. La figura del Dios del antiguo testamento es la de una potencia que a su vez niega al hombre en sus potencias, que se presenta como una entidad que aparentemente resguarda pero que en la praxis asfixia. El hombre en el edén es un ser alegre pero anulado, con un estómago lleno pero una mente vacía, un animal en cautiverio bajo un ojo celoso. El músico folk, Thomas Cowgill, denota bastante esto en su tema Lucifer´s the light of the world:
Eve walked down to the garden,
Serpent said shall we begin?
If God up above wants you so dumb
What kinda devil does that make him?

God came down from heaven,
Said what have you two done?
Snake said if that’s the kind of God you’re gonna be
Maybe heaven ain’t so much fun.

La serpiente se muestra como un cuestionador crítico: ¿qué clase de Dios te niega el conocimiento y desea que permanezcas idiota? ¿Sería realmente divertido, lúdico, tener un Dios así de autoritario? El Dios del génesis es la negación del hombre y sus potencias, la serpiente Lucifer viene a ser el adversario, la negación de dicha negación: tanto para la ley lógica como matemática la negación de una negación da siempre una potencia positiva. La serpiente deja entrar la luz de la incertidumbre en la matrix del determinismo puro, en la cual todo está ya pre destinado y teóricamente sin error ni cambio. Jehová era la negación del hombre, la serpiente la negación de dicha negación, el segundo componente que en última instancia guiaría al hombre por el camino hacia la plenitud. La realidad de la vida humana es un compatibilismo: síntesis entre el determinismo y el libre albedrío, noción bajo la cual podemos elegir entre varios caminos en cada situación, pero no entre más caminos de los cuales se nos están presentando para elegir. Podemos elegir entre cien puertas (potencia libre y caótica), pero no más de cien (potencia determinada).

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El edén matrix era un medio hostil para el paganismo primordial, cuyo carácter horizontal permitía la libre relación, competencia y transformación espontánea de los seres humanos en conexión con el mundo natural y el sobrenatural. Una vez institucionalizado el culto abrahámico, aquella fuerza limitante del génesis comenzó a utilizarse simbólicamente para controlar a las masas y asegurar el poder de una élite sacerdotal. El sacerdocio dejó de tener una conexión con la comunidad (como la relativa libertad de los antiguos oráculos) y pasó a encerrarse en un paradigma de control y vigilancia. La muerte del ser pagano trajo consigo la muerte del hombre en su verdadera esencia plena, esto evidente en el proceso de satanización de todo lo que escapara al paradigma abrahámico durante la edad media. Los antiguos valores relacionados a la libertad de exploración metafísica, ritualística y psiconáutica fueron reemplazados por los de culpa, deuda y pecado: elementos arquetípicos coercitivos que, dentro del sinfín de elementos que están destinados a darse, sirvieron como la contraposición a los valores originarios.

En la era moderna se dio el desencanto de Dios como el centro del conocimiento y se enfocó en el hombre, lo cual fue visto como un progreso pero, ¿no existía ya hace muchos siglos antes de que la llegada de los cultos abrahámicos una concepción de, no solo el hombre, sino del ser hombre como sujeto y objeto dentro del cosmos? Más bien, la simple atomización de ello en un antropocentrismo plano no puede interpretarse realmente como un avance, simplemente como un lento proceso de retorno a la síntesis pagana primordial. En el siglo XXI los paradigmas del materialismo, más allá de servir como herramientas para la técnica, están mostrando ser estériles a la hora de desarrollar la plenitud humana. Esto sin mencionar la sorpresa de los arqueólogos e historiadores al descubrir los conocimientos científicos avanzados existentes en la antigüedad (esto por ejemplo en las tablas de Hermes Trimegistus que desde hace ya varios miles de años hablaban sobre la ley de polaridad y el movimiento de las moléculas).

No solo el cambio de paradigma de la ciencia es inminente, sino que no sería de extrañar que mucho de los próximos grandes descubrimientos no sean sino redescubrimientos bajo un método más ortodoxo que el existente en la antigüedad. El desencanto con la ciencia ha devenido en fuertes dolores de cabeza visibles en el discurso filosófico posmoderno contemporáneo, en el new age, en las terapias alternativas, en la cantidad de gurús (algunos geniales, otros estafadores) que cada vez tienen una mayor audiencia. Todo esto no es sino un signo del retorno del hombre al paganismo primordial, exploratorio, espontáneo, impredecible, que mediante la creación de cientos de dioses (imágenes de una misma entidad si quiere vérsele así) nos enseñaban más acerca de la naturaleza humana en sus distintas facetas que una cruz politizada.

El deseo de retorno a un mundo holístico en el cual el individuo pueda emplearse a sí mismo como substancia a la hora de explorar la naturaleza, y no sólo reducirse a un racionalismo cartesiano, es cada vez más latente y llegará a un nivel en que logrará estabilizarse. Será en ese punto de consolidación que ya no habrán más edenes que anulen ni en la mística ni en la ciencia, en que la luz en síntesis con la sombra será parte de nuestra vida cotidiana y en que volveremos a ser hijos tanto de la luna como de la estrella del alba.

Técnica y espíritu

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Sucede que naces, pasas a ser un crío y te educan para ser un ciudadano de bien. Pero en algún punto inicial no tienes ni puta idea de lo que quiere decir “ser un ciudadano” ni tampoco lo que vendría a significar el “bien”, lo único que conoces y que se queda contigo es el “ser”. Ese “ser” puro, al ser la infancia en la etapa en la que le tenemos más cerca, podría asemejarse al espíritu de un niño. Conoce el temor como algo espontáneo e inmediato, mas no el miedo como profundidad que cala en el alma propiamente dicho. Es el presente eterno, el impulso primigéneo que da origen a la vida. Aquel que ve un muro de hierro pero no la limitación que éste supondría, aquel para el cual no hay una raya que separe su voluntad de su capacidad inmediata. Esa energía que permite que las cosas funcionen y empiecen a moverse, que “cuestiona” mas no “duda”, que procede  pero no concibe el retrocede, que se impone en absoluta confianza mas no negocia ni cae en redundantes burocracias.

Aquel ser es atemporal e imperturbable, ejerciendo cambios fuera de sí a partir de su propia perfecta supremacía. Ese ser es puramente espíritu, substancia primaria que le brinda esencia a todo. Pero tiene un punto débil: no está en su hábitat total, ha caído en los densos terrenos de la materia y encuentra oposición con respecto a sus leyes. No solo eso, además tenemos que es joven, y si, si bien goza de una vigorosidad e ímpetu ilimitados,  es aún muy pequeño y carente de experiencia estando fuera de su hábitat.

Los mayores, al saber esto, deciden instruirle en aquello que le permitirá manejarse efectivamente en estos terrenos: la técnica. Sea en forma de abecedario, sea en forma de códigos de sociabilización, sea en forma de costumbres que salvaguarden la integridad moral; la técnica siempre está presente si lo que se busca es entrar en gracia con esta dimensión de la conciencia. Surge entonces un conflicto: la técnica pasa a desplazar lentamente al espíritu, al ser éste considerado imprudente  y alterador. La técnica brinda una sensación de seguridad, de bienestar, de predictibilidad en lo referente a las chances de supervivencia, la técnica crea cotidianeidad. La cotidianeidad trae consigo la sensación de estar uno en el vientre materno, es cálida y relativamente segura, monótona y agradable. Tanto así que puede llegar a convertirse en una droga que termine por sofocar la irregularidad que podría traer el incendiario y primordial espíritu.

La técnica como morada cálida y húmeda cuando se sobre utiliza puede terminar por pudrir al individuo, a volverle incapaz de responder con efectividad a cualquier estímulo que violente sus paradigmas o su regularidad. Le expropia de su herramienta básica de reciclaje mental, de su capacidad para renovar y romper barreras que le alejen de su plenitud. La técnica explica el cómo lograrlo, pero solo el espíritu es capaz de exclamar el qué se quiere lograr y lo que es más importante aún el YO VOY A LOGRARLO impetuoso que precede y que es procedimiento impostergable si se quiere llegar a una meta. 

La técnica por su sobrevalorada seguridad, ha pasado a ser motivo de exacerbación, se ha mostrado ante nosotros como algo mucho más primordial de lo que realmente es. La técnica es, ha sido y deberá ser tratada siempre como una mera herramienta diplomática del espíritu para con la vida terrenal. Una vez que todo esto se acabe quedará solo la voluntad de poder completa en sí misma haciéndose paso por el infinito. Pero no aquí. Este, el mundo de los mortales, le exige al espíritu hacerse de aliados y al mismo tiempo no contaminarse de aquello que le es impropio. El mundo de la mortalidad le exige al espíritu sabiduría, la sabiduría de ser capaz de separar aquello que le es propio de aquello que le es extraño.

La enemistad implícita del espíritu hacia factores externos a éste como actitud predeterminada (no por esto siendo inflexible) es menéster para su preservación y defensa. El espíritu ha de ser el filtro totalitario por el cual deban pasar y purificarse reflexiones técnicas que puedan (en el peor de los casos) verle comprometido y alterar su pureza. El paso de contaminación del espíritu se da conforme va evolucionando de su estado más primigéneo (la niñez) hacia uno más acostumbrado a las leyes terrenales (la adultez). Es durante este trayecto que el espíritu suele perderse en su mayor parte, sin embargo el mundo ha sido movido por aquellos que han logrado conservar la mayor cantidad a lo largo de los años y, al mismo tiempo, logrado comprender las utilidades técnicas básicas para ejercer efectivamente. La técnica para comprender las leyes sumada al espíritu para ejercer voluntad suprema y doblegar a una dimensión de consciencia extranjera conforman el arquetipo del genio u hombre supremo. Por otro lado, la sobre hegemonización de la técnica sobre el espíritu conforman el arquetipo del golem hombre máquina primario incapaz de ejercer más allá de patrones externos. La mecanicidad del hombre máquina está supeditada al miedo y a un estado de amnesia con respecto a su esencia espiritual. Muchas veces dicho estado de hundimiento es tal que no es posible sacarle del hoyo.

Por otro lado, al otro extremo de la balanza tenemos a un ser cuyo espíritu substancial ha pasado a tragar y tiranizar sobre la técnica formal, aquel ser está regido por un presente y un impulso constante. Es como un niño, solo que mayor y difícilmente “rectificable” según los patrones de una sociedad tecnificada, a ese ser se le conoce arquetípicamente como el loco. El loco sin embargo es más llamativo que el hombre máquina, a pesar de ser ambos igualmente extremistas. La llamatividad del loco subyace en dos factores de percepción social, uno optimista y el otro pesimista:

a) Factor optimista: se le reconoce como una gran dosis dinámica e imperturbable de aquel espíritu primigéneo que se ha ido perdiendo paulatinamente. Por lo tanto se le llega a venerar y muchos honestos reconocen que muy en el fondo le envidian por ser aquello que ellos tanto luchan por volver a ser. El factor optimista le rinde justa pleitecía al loco al, muchas veces, considerarle como el santo del que está no muy lejos de ser. He ahí que no haya mayor distancia entre la locura y la genialidad. Este factor no es solo optimista sino además realista al ver el potencial que surgiría de la canalización de la fertilidad espiritual del loco, incluso sin ser necesario instruirle a éste acerca de su propio estado. El  loco no está para ser instruido, son los otros quienes han de ser instruidos por él y que aquellos que además de consciencia del espíritu conozcan un manejo básico de la técnica, puedan llegar a ser sus intérpretes y canalizadores; dándole de esta manera no solo una función de vida, sino alimentándose los otros también de su propia fertilidad en una relación simbiótica.  

b) Factor pesimista: propagado por los cobardes temerosos de la alteración de un orden social, de la perturbación de su (según ellos) aparentemente imperturbable técnica. El factor pesimista suele estar en manos de los golems hombres máquina los cuales harán de todo para detener el paso del espíritu. Desde la violenta perpetración a su química orgánica por medio de “medicamentos” para “regularizarlo a partir de su biología” hasta aislarlo físicamente del resto de congéneres con una falsa delicadeza, como si fuera un preso con trato VIP.

 Desde un punto de vista evolutivo, la adicción técnica del hombre moderno mayoritario habrá de ser equilibrada por un espíritu que ha yacido dormido, pero que habrá de rugir. En efecto: estamos en la era de la locura, aprendamos a utilizar la técnica para volvernos buenos intérpretes y no dejar que este terreno hostil nos avasalle.

El ingeniero de la demencia procede a despedirse.
Buenas noches, Cyrus

republicasalvaje@hotmail.com